Dieta: como actúa en su mente

Si las personas fuesen máquinas, sólo habría que programarlas: bastaba ingerir las calorías necesarias para las actividades del cuerpo y el peso sería mantenido. Sucede que comer no es una ingesta automática de nutrientes. Implica oportunidad, el placer, la socialización, las emociones y, por supuesto, de nuestros hábitos.

Una dieta que nos aleje totalmente de nuestra rutina alimentaria, por ejemplo, tiene poca probabilidad de ser mantenida. “Siempre que usted tiene un menú con alimentos que no forman parte de su día a día, está claro que va a dejar la dieta”, dice el endocrinólogos Marcio Mancini, jefe del Grupo de Obesidad y Síndrome Metabólico de la Facultad de Medicina de la USP. “Lo que funciona es la reeducación alimentaria. Aprender a comer de una manera que usted sea capaz de mantener siempre”, dijo Mancini.

Algunos programas se mueven en ese concepto y, por ello, dan mejores resultados. La Dieta de los Puntos (que limita la cantidad de calorías mediante la asignación de puntos para cada alimento, prevé la ingesta de todos los grupos nutricionales, no se prohíbe nada); a los Vigilantes del Peso (que también usa un sistema de puntos, y tiene como ventaja reuniones periódicas de motivación entre los participantes); la Dieta del Mediterráneo (se centra en las frutas, verduras, carnes blancas, aceite de oliva y los frutos secos, los cereales integrales, consume pocos dulces, carnes rojas y grasas saturadas y trae gran beneficio a la salud cardiaca).

Ver bien: nadie dijo que debido a que la reeducación alimentaria puede dar muy buenos resultados a largo plazo, va a funcionar. Todo dependerá de su disposición para cambiar los hábitos, del medio social en que vive, de un seguimiento médico y nutricional individualizado y de factores emocionales.

Relaciones entre dieta y cerebro

Relaciones entre dieta y cerebro

Dieta: Sólo si es por parejas

Cada vez más, los investigadores de los factores externos que influyen en la alimentación concluyen que el éxito de una dieta depende de un factor fundamental: la motivación. Ese gran estudio de Harvard trajo un resultado interesante en este campo: los voluntarios que asistieron a por lo menos dos tercios de las reuniones con médicos y otros voluntarios adelgazan más que los que optaron por seguir en el programa solos: 9 kilos en dos años, más que el doble de la media. Frank Sacks, el líder del estudio y profesor de la prevención de enfermedades cardiovasculares de la Facultad de Salud Pública de Harvard, declaró a la revista Time: “Las personas necesitan ayuda para mantener la motivación y el foco”.

Conclusión: conseguir un apoyo o un socio de la dieta es mucho más importante que elegir qué dieta seguir. Nuevas investigaciones están comparando diferentes tipos de seguimiento en voluntarios – reuniones de grupo, las interfaces en línea con médicos, orientación extendida al resto de la familia – para saber cuál es la mejor estrategia de soporte. Un estudio de la Universidad de Yale ha demostrado que las parejas que hacen dieta juntos tienden a perder más peso que los hombres y las mujeres que no tienen la colaboración de su compañero en la empresa.

Otro factor que puede contar en su contra es el “ambiente obesogénico”, que empuja al individuo hacia los kilos de más. Por supuesto, la gente engorda por comer demasiado y moverse de menos, pero también porque hay una oferta cada vez mayor de alimentos a nuestra disposición. Comparando con la máquina: un coche no aumenta el consumo de combustible si sus vecinos de estacionamiento están consumiendo más que él. Usted sí. Eso sin hablar de cuestiones de autoestima, autoindulgencia, autosabotaje.

Justamente por tratarse de una cuestión ambiental, la nueva tendencia de las políticas públicas de combate a la obesidad es abandonar el foco en el individuo y crear acciones colectivas. En el norte de Francia, las ciudades de Fleurbaix y Laventie han demostrado que funciona. En 12 años, con más áreas públicas para el deporte y la orientación familiar, la obesidad entre los niños cayó un 8,8%, menos de la mitad de la tasa de ciudades vecinas.
Prohibido prohibir

Adelgazar también consiste en deshacerse de los conceptos del bien y el mal. “Las dietas suelen basarse en la noción de que algunos alimentos son buenos y otros son malos”, dice Carol Munter, autora del best-seller Overcoming Overeating. Tomemos la dieta de la sopa, por ejemplo: todas las comidas serán una sopa de verduras. O la de Ornish: vegetariana, y con sólo el 10% de las calorías procedentes de la grasa. O incluso la de Atkins, que manda dar adiós al trozo de pizza, el plato de pasta, panes, a los dulces. ¿Alguien puede pasar la vida en un régimen de estos?

“Cuando una comida está prohibida, se convierte en especial y nosotros la queremos. Ya cuando ella es permitida, ‘legalizada’, podemos relajar”, completa. Bueno, puede funcionar para varias personas, pero como confiar en que una población entera de obesos va a conseguir aprender a escuchar su hambre y seguirla?

La advertencia no significa que la relación entre comer y sentir sea despreciada por la ciencia. Por el contrario. Ya se sabe que los alimentos altamente calóricos, especialmente los dulces, chocolates, inyectan dopamina en la sangre, un neurotransmisor que envía señales de recompensa del cerebro. Y que el estrés aumenta los niveles de las hormonas que dan hambre y dan el alerta para que la grasa abdominal empieza a acumular.

La conexión entre el hambre y la emoción también ha sido probada por estudios neurológicos. Una investigación publicada en la revista Science en el año 2001, las Universidades Rockefeller, Princeton y la universidad de California, mostró, por medio de la asignación de las regiones del cerebro de ratones que controlan la decisión de la ingesta de comida, que la regulación del apetito responde a otras señales además de la leptina y la grelina, como los procedentes de los centros de la emoción del cerebro – significa que usted puede sentir o dejar de tener hambre, independientemente de lo que comió o dejó de comer.

O sea, hay más entre el hambre y la saciedad de lo que piensas en vano nuestro nutricionismo. Y hay gente obtener beneficios con ello.

Mitos sobre las dietas

1. “Tomar zumo natural ayuda en el régimen”
No ayuda y puede estropear. El problema de los líquidos que no sean agua (refresco, jugo, cerveza, etc.) es que sus calorías no son debidamente registradas por su cuerpo. “Nuestro organismo no tiene la misma capacidad de identificación de saciedad con líquidos y sólidos”, dice Patricia Jaime, profesora del Departamento de Nutrición de la Facultad de Salud Pública de la USP.

2. “Los hidratos de carbono por la noche engordan”
No hay fundamento científico que muestra esto. La creencia es que comer carbohidratos por la noche, la persona armazenaria energía más fácilmente porque va a reposar, y el metabolismo se cae. En realidad, lo que vale es el balance de las calorías ingeridas y quemadas en las 24 horas anteriores.

3. “Dormir poco te da hambre”
En teoría, la falta de sueño disminuiría el nivel de la hormona de la saciedad (leptina) y aumentaría el hambre (grelina). Pero aún hay mucho que estudiar, ya que una de las consecuencias de estar por encima del peso es tener sueño malo. Así, no es dormir poco que abre el apetito, sino lo contrario.

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